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De piedra, feliz.
Una elegía gráfica en desarrollo.






La historia del limón
Un libro álbum en desarrollo.

Estos trabajos están publicados acá para presentárselos a José Sanabria (hola José)
en el marco del taller que está dictando en Punto de Encuentro / MEC Uruguay.

Empecé el escaneado del rollo de la Micromemoria porteña. 
Son 120 metros (más o menos) así que a razón de 30 centímetros 
por cada barrida del escáner (también más o menos) 
resultarán 400 imágenes para tener toda la cinta digitalizada 
(más o menos, claro).

Luego habrá que resolver cómo compartir, de una forma adecuada, el asunto. 
Por lo pronto hay, por delante, unas cuantas horas de trabajo 
(porque cada digitalización implica un minuto y medio).
(más o menos, por supuesto).

Ahí vamos.

Otro trabajo dejado de recuerdo de amistad en Valparaíso.










Ensambles, distracciones, restos recogidos y ordenados 
por capricho, por deseo, por una pulsión indomable de
juntar y encontrar una cosa adentro de otra cosa, y compartirla.

En éstos casos, amistades porteñas que quedaron en manos de amistades porteñas.

O, más fácil, regalos de despedida para Valparaíso y sus gentes.


Y fin. Diecinueve meses, incontados metros (incontados por ahora), mucha tinta, cuatro talleres, dos ciudades, una vida emporteñada. 

Gracias, primero y sobre todo, a Euge, por la paciencia, una vez más, y por llevarnos a Valparaíso, por hacer real las ganas de tener una vida lejos y juntos.

Y gracias a todas las visitas, a Andrea, a Juca, a Lady Mary, al Nico, a Antonia, Carla y Gabo, a Tobías, Lumme, Jenny y toda la gente de la Casa Noruega, al Cristian, la Jenny y su Gran Bretaña y a toda la gente de Playa Ancha que colaboró con este rollo juntando boletos, dándole más extensión y cariño a algo cuyo sentido final todavía no está claro pero que, de alguna forma, no es más que una carta de amor a Valparaíso.

Ya veremos cómo, cuándo y dónde se muestra. Por ahora, chau y gracias.



Seguimos. Un poco allá, un poco acá, con el rollo a cuestas, entre mudanzas temporales y talleres móviles, siempre hay un rincón y un rato para la micromemoria. Además (se supone, debiera, indefectiblemente, inevitablemente, inaplazablemente), ya se está terminado.
Seguimos.





Arbitrariamente, cuatro imágenes de la presentación preparada para hoy.
Ahí en el Centro Cultural Playa Ancha contaré y mostraré un poco más.



Todo el asunto empezó por cierta tendencia diogenística, disfrazada en este caso de celebración de la nostalgia infantil, en el marco de la cual encontré que los actuales boletos de Valparaíso (y de otros lugares de Chile, cosa que luego me enteré) son parecidos a los boletos que conocí y usé, de purrete, en Montevideo.

Entonces empecé a guardarlos por esa doble simpatía, tanto con los diseños como con el recuerdo que evocaban. Pero el conjunto no tenía una forma clara, así que se fueron transformando en una cinta (así vienen de la imprenta, así los tienen en las micros), cosa de poder tenerlos todos juntos, cinta que, por razones y casualidades variopintas, se transformó en el soporte de lo que ahora es la Micromemoria porteña que, por cierto, sigue creciendo.



Este asunto del conversatorio - charla - exposición no es más que una forma de retribuir la solidaridad de los vecinos de Playa Ancha quienes, además de muchas amistades (Andrea Paz Flores Hernandez, Juca, Nicolas Ibaceta Zamora, Antonia Martinez Christie, María Ría, Carla Fernanda Guerrero Palacios, Tobias Wihl, Jenny Riise Moksnes, Lumu Banin, y seguro me estoy olvidando de alguien), colaboraron de forma muy comprometida con esta obra en desarrollo ¡Gracias!

Y gracias también, especialmente, a la gente de la rotisería Gran Bretaña, quienes me permitieron colgar un cartel con perrito y se tomaron la paciente tarea de recibir y guardar las decenas de boletos.



Una foto es de octubre de 2015, la otra de noviembre de 2016. 
Ahí vamos.

Ya a punto de volver a Montevideo, se me dio por armar un encuentro 
junto a la gente de Playa Ancha para retribuir su generosidad con la
"Micromemoria porteña".
Ahí nos veremos.



La micromemoria sigue creciendo, como una especie de mapa humano del tiempo o, 
más simple, una forma celebrar la vida porteña.

De NOAA Center for Tsunami Research - http://nctr.pmel.noaa.gov/chile20150916/, 
Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=43389973


Más o menos a las 19:54 (GMT -3) de hoy, 16 de setiembre, habrá pasado un año desde la primera vez que temí que podría morir.
Pero morir de verdad: palmar, fenecer, obitar, reventar, fallecer, marchar, pasar a mejor vida. Irme, dejar la Tierra y sus avatares, el tiempo y el espacio, y partir a ver si hay un barbudo, si hay un diablo, si hay un paraíso verde y generoso, una larga fila de almas esperando juicio, o si no hay nada, nada de nada, apagón y hasta nunca.
Morir, en una palabra.

Tanta precisión viene a cuento porque, cuando sea la hora mencionada, se habrá cumplido un año exacto del comienzo de lo que se conoció luego como "El terremoto de Coquimbo", un movimiento de tierra de generosa intensidad (8.4 en la escala de Richter, la que muchos mencionamos pero pocos saben cómo cornos se usa). En este mismo blog publiqué, hace varios meses, una breve crónica ilustrada del acontecimiento, que vivimos con Euge desde el piso 17 de un edificio en Valparaíso, donde el terremoto se sintió con una intensidad de más o menos 6 grados, lo que dicho en criollo, es un montón.

Y la sensación de muerte inminente, el recuerdo que me trae a sentarme y redactar esta publicación, estuvo directamente vinculada a estar en ese piso 17, a unos 38 metros de altura sobre el nivel del mar, porque fue el estar ahí arriba lo que me hizo pensar "¿y si este edificio colapsa?" Y claro, la respuesta era: nos morimos seguro, o con bajísimas posibilidades de sobrevivir (posibilidades además bastante poco auspiciosas si se piensa en las heridas que se pueden recibir en un derrumbe desde tal altura, con otros seis pisos más sobre la cabeza, en una torre de doscientos apartamentos).

Es decir, vino la pregunta "¿este edificio aguantará (estará bien construido, será antisísmico en serio, nadie se habrá salteado los protocolos imprescindibles para ahorrarse unos pesos)? y la respuesta inmediata, en mi cabeza, fue "puede no aguantar, puede no resistir, por uno y mil motivos, y si no aguanta, nos morimos, te morís vos y Euge, se muere mucha gente que está en el edificio".
Y fue raro, porque tuve la certeza inmediata, basada en una lógica bien elemental, que expresada matemáticamente sería "edificio se derrumba=muerte segura" y, frente a esa certeza, hice lo único que pude: guardé la calma, me mantuve todo lo sereno que pude, busqué serenar a Euge, hablamos, planificamos la salida del apartamento para cuando la tierra dejara de temblar: mantuve una calma entregada, como de vaca que mira pasar el tren, como entregado a la circunstancia inevitable de una eventual muerte horrible, buscando pasar cada segundo del instante de la forma más ordenada, desdramatizada y tranquila posible, mientras todo crujía, mientras la sensación de que alguien había salido de la tierra y entrado en la casa, en cada casa estaba presente.

Pasó el temblor, agarramos las cosas básicas que nos pareció adecuado llevar (dinero, pasaportes, disco duro externo, llaves, cargador de celular, creo que un par de medias extra) y bajamos los 17 pisos a una velocidad que sería imposible repetir (a menos que las circunstancias lo sugieran, claro). Abajo nos encontramos con nuestro amigo Juca y dos gringos amigos suyos (amigos de terremoto nuestros desde entonces, claro), con Jesús (no el segundo advenimiento sino el muchacho que vivía y trabajaba en la playa Las Torpedereas) y con mucha gente de la zona que estaba compartiendo la calle y su sensación de haberse salvado, en una especie de alegría maniática contenida pero intensa, general. Fuimos a la ramada del Alejo Barrios, compramos unos anticuchos, tomamos una cerveza y fuimos a pasar la noche a lo de Juca, porque al edificio no se podía volver, ya que había alerta de tsunami (y sí, los males no vienen solos, atacan en batallón). La ola finalmente no vino, el 17 de setiembre amanció soleado, con bastantes réplicas del terremoto, pero con la sensación de que la cosa seguía, que había que volver a casa y seguir adelante, ya que habíamos aguantado.

Sacar conclusiones sería ponerse ridículamente solemne e impreciso, así que para resumir y terminar el relato, agrego dos videos que se me vinieron a la cabeza mientras escribía: éste, y éste (las versiones en Youtube son horribles, pero seguro pueden encontrar un .avi mejor).

Eso sí, esta noche se brinda con pipeño, helado de ananá y granadina, que juntos hacen un trago que, como no podía ser de otra forma, se llama "terremoto".
Salud.